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Cuarto grado

2012/04/23

Platillos voladores

Últimos días

Aula cordial, 19 edic. Editorial Troquel | Oct. 1969
Texto ELENA M. DE MARTÍNEZ ABAL – Ilustración JULIO CÉSAR COTIGNOLA

Platillos voladores

2011/12/28
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Últimos días

SE CUMPLÍAN VEINTICINCO años de la visita de Albert Sabin al Hogar Respiratorio del Hospital de Rehabilitación María Ferrer, aledaño a la Casa Cuna. Fue en ese año, 1992, cuando por primera vez escuché acerca de los pulmotores destruidos por el régimen de facto que derrocó a Juan Perón. Según el testimonio de un médico, el padre de un compañero de mi escuela primaria, varios pulmotores del Hospital de Niños habían sido deshechos a mazazos porque lucían una placa que los identificaba como donaciones de la Fundación Eva Perón. La acción perniciosa, aseguraba el médico, se había justificado por la vía de la proscripción política del peronismo y la prohibición de toda propaganda afín al gobierno derrocado el 6 de septiembre de 1955.
Aquel primer testimonio me fue convalidado a los pocos días por algunos internos del Hogar y sus familiares. Sin embargo, nunca había podido ver siquiera la imagen de uno de esos pulmotores, hasta que en el tercer unitario de Proyecto aluvión, que se emitió por el Canal 9 el veintiuno de octubre, Daniel Santoro plasmó aquel respirador de la Fundación Eva Perón de esta manera:

Evita me ama

En 1996 leí Villa. Reproduzco abajo algunos fragmentos de la novela de Luis Gusmán, relativos a la polio y referidos a distintas épocas: primeros años de Perón [1945-1955], gobierno militar [1956-1958] y el lópezrreguismo [1974-1975].

[…] Me acordé de Elena. Estuvimos a punto de casarnos. A los doce la tomó la polio. Quizá sin conocerla, Firpo le salvó la vida.
Elena había querido ser bailarina clásica, y a pesar de la polio seguía teniendo las mejores piernas del mundo. Mientras estaba en la cama solo escuchaba a Pat Boone. En medio de la fiebre, bailaba al compás de Cartas de amor sobre la arena. Nunca supe qué suerte la salvó de la peste, nunca quiso hablar de esa época en que no podía bailar.
Muchos años después, cada vez que subía a ese DC 3 del que me había hablado Firpo, cuando la epidemia ya hacía años que había pasado, tuve que ver un cuerpo en el pulmotor. Un enfermo con trastornos respiratorios que traíamos desde Iguazú. Mientras lo veía adentro de la caja de vidrio y de acero trataba de recordar cómo se manejaba, repasando de memoria el nombre de las palancas, las temperaturas de los termómetros, la presión de las válvulas. Al mismo tiempo que tarareaba el tema de Pat Boone, le rogaba a Dios que el hombre llegara vivo a tierra.
La polio era un fantasma blanco que recorría las calles. La imagen más precisa es un chico corriendo, y la peste pisándole los talones. Por eso corríamos, por eso todos queríamos ser como Cabrera. La cal se había apoderado del barrio y las casas, todas blancas, se volvían ajenas como si de golpe hubieran pintado el mundo y flotáramos en una zona extraña entre la tierra y las nubes.
En mi casa, la peste se había transformado en un asunto político. Mi abuelo decía: “Es la maldición por la caída de Perón. Los niños han dejado de ser los privilegiados”. Mi padre le respondía: “Si no hubiese sido por la Revolución Libertadora que trajo la vacuna se habrían muerto todos”.
Salíamos a la calle agarrados a la tableta de alcanfor, colgada sobre el pecho como una de las medallas que lucía Cabrera. Después fue la media medalla de Elena, la primera credencial, las alas de metal como una insignia, y más tarde una réplica dorada del caballo de oro de Firpo para lucir en la corbata.
La polio blanca avanzaba y tomaba todo, a los pobres y los ricos, a los lindos y los feos, a los famosos y los desconocidos. Quizás ahí tuve ese primer sabor de venganza íntima: ante la polio todos éramos iguales. Un ligero aire de triunfo, el de sobrevivir, mientras el inigualable Margiante, el mejor alumno, el mejor jugador, podía yacer de golpe en una cama.
No dejaba de producirme cierta satisfacción, quizás agria, como ese olor en el que estábamos envueltos.
En el barrio de los Olímpicos todo el mundo tenía miedo de que la polio alcanzara las piernas de Cabrera. Había muchos que rezaban, decían que Perón quería mandarlo al exterior, pero él no se quería ir. Elena tenía miedo de no poder bailar; yo tenía miedo de no poder correr.
La polio blanca avanzaba y avanzaba. Un padre hizo aterrizar un helicóptero en el planchón del Policlínico y se llevó a los hijos al campo. Quedaba a solas con mi cuerpo y lo miraba tratando de adivinar por dónde podría haber entrado la polio. Estudiaba mis músculos, observaba mis articulaciones, me miraba en el espejo del ropero el color de la piel. Trataba de estar todo el tiempo en movimiento, siempre un centímetro más allá de la enfermedad, como si en correr estuviese la salvación. Correr con las piernas de Cabrera era como volar.
Todavía llevo colgado en el pecho el nombre de Elena. Terminamos enfrentados por el odio y nunca tuvimos ocasión de devolvernos las medallas. Quizás algún día la vuelva a ver. Quizá le deba un favor a Firpo por haberle salvado la vida. Tal vez sea el motivo que me decide a seguir su destino. Lo acompañaría aun desafiando la desaprobación de Villalba.
Esa noche, mientras volvía de haber dejado a Firpo, el barrio estaba tan desierto como en el tiempo de la polio.

[…]

—Ese lugar no tiene futuro porque no es político. Y por otro lado no veo qué podes tener que ver vos con las enfermedades transmisibles. Ni siquiera hiciste la especialidad.

Tenía razón, esa mujer siempre tenía razón. Enfermedades Transmisibles hubiera sido como la polio blanca. La peste avanzando y yo teniendo que retroceder hasta poder empezar a correr como los Olímpicos, envuelto por la malaria, el tifus, el mal de Chagas. Miles de chancros que me producían horror, aunque sólo tuviera que verlos escritos como meras estadísticas y sin ningún avión para poder volar.

[…]

Llegué al Club agitado, había caminado ligero, casi corriendo. No quería que me vieran llegar así porque enseguida comenzarían a apostar sobre mi vida. En Arsenal se apostaba todo el día, se apostaba a cualquier cosa: a los caballos, al boxeo, a los gallos de riña. La boca se abría sólo para apostar, se miraba hacia el cielo y se apostaba si la tormenta iba a llegar o no. Se apostaba sobre la caída y el destino de Perón, sobre si antes de la primavera podía desaparecer la polio blanca, o si antes del invierno Evita moriría. Se apostaba sobre la vida y la muerte, apostar era una manera de medir el tiempo.

[…]

—Villalba, coronel, sólo piensa en la sistematización. Piensa que el ex Ministro fracasó porque su política represiva era poco sistemática. Venganza de entre casa la llamaba él.
—¿Cómo es eso, Villa?
—Sí, coronel, Villalba piensa que habría que aplicar a la lucha antisubversiva el sistema que él aplicó para combatir a la polio.
—¿La considera una epidemia o una peste? —No sé, coronel. Él piensa que todo debe sistematizarse.

Recordando a Steve Jobs

2011/10/06

"Investigaciones en masa" para iPhone, iPad o iPod touch

Últimos días

2011/06/09
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Para leer la primera parte

ENTRAR A LA mansión por primera vez es contemplarla a través de las puertas abiertas, penetrarla rumbo a la intimidad de quienes viven allí, donde los acontecimientos se miden en años o quizás en décadas. Dos pasos en el salón principal alcanzan para atraer los ojos hacia quienes parecen ser viajeros del tiempo, encapsulados boca arriba en cosmonaves que pronto serán materia del pasado. O cajas de mago suspendidas en las habitaciones con cuerpos en su interior, dejando ver las cabezas con sus largas cabelleras, rompientes hacia el piso. La verticalidad de todos los días, ajena a esta realidad, no puede imaginar la vida en un pulmotor. Alucina cuerpos trozados, se ubica respecto a ella como un espectador frente a un accidente desconcertante y permanente.
El Ruso juega en su cuarto una partida de ajedrez. Es ciego. Puede hacerse una analogía entre su pulmotor Emerson y el Chevrolet ´38 de Weegee. El legendario fotógrafo de suicidas, crímenes y siniestros que signaron las noches de Nueva York durante la Gran Depresión, Weegee, había convertido a su Chevrolet en un estudio rodante equipado con radio policial y una gran variedad de equipos que iban desde botiquín de primeros auxilios, máquina de escribir, salamines y cigarrillos hasta traje para incendios y todo tipo de uniformes y disfraces. El Ruso no juega de memoria según los movimientos son cantados; guarda un tablero en el interior de su grueso Emerson. Él y su contrincante «ven» a cada momento la misma partida, aunque cada cual mueve las piezas sobre su propio tablero.
La mayor parte de los hombres y mujeres del Hogar pasan sólo unas pocas horas diarias fuera del pulmotor; cuando no están meses enteros dentro de él. El visitante que recorre el Hogar cree ver un cuerpo exánime multiplicado por un juego de espejos.Cuando fue la visita de Sabin, el Ruso era todavía un chico. La doctora Gwendolyn Shepherd guió a Sabin durante la recorrida por el Hogar. Sabin le confesó que se hallaba consternado. Él era un hombre de laboratorio, le dijo, desacostumbrado a tratar de cerca con niños paralizados por el virus de la polio.
Gwendolyn Shepherd observó que muchos de los internados durante la grave epidemia «hacían un movimiento raro, como si tragaran, cada vez que los sacábamos del pulmotor». Otro médico fisiatra, en Estados Unidos, se apercibió de que se trataba de una forma de respiración que devendría años más tarde en una técnica. Los chicos clínicamente sanos ganarían autonomía respecto a los pulmotores con la denominada respiración glosofaringea. De los sapos —dice el Ruso con la intención de ser didáctico—, porque consiste en embutir el aire con la boca y tragarlo, como hacen los sapos.
En 1969, la Fundación Vi.Tra., Vivienda, Trabajo y Capacitación para el Lisiado Grave, habilitó en el Hogar Respiratorio una escuela primaria. El Ruso, que alcanzaría a cursar el primer año de la carrera de Letras, cuenta que la maestra de lengua le enseñó los grafemas del abecedario haciéndoselos tocar en cartón. Se acuerda de la «I» que es un palito y de otra que tiene tres, piensa y recuerda la «E». Algo similar hacía la maestra de geografía: pegaba hilos sobre cartulina para enseñarle el curso de los ríos. Más adelante aprendió a leer en Braille. Desdeñó del Braille unos años más tarde por falta de práctica: un libro impreso en relieve es pesado para sus manos.
Como eran pocos alumnos, cuenta que les hacían cursar «primero A», después «primero B», «segundo A»… para que las maestras no se quedaran sin trabajo. Llegaron a séptimo; el Ruso dice: con veinte pirulos, las pelotas por el piso y unas ganas de cogernos a las maestras que no aguantábamos más. A principios de la década del setenta, un grupo de voluntarios empezó a frecuentar el Hogar.
—Nos llevaban a comer afuera, organizábamos salidas y un día nos hicieron debutar con dos profesionales. Fue en el bulo del actual presidente.
—¿De qué presidente? —pregunto.
—Del actual presidente de Vi.Tra.
Al tiempo que se ponía en marcha la escuela secundaria empezó una guerra contra las «actividades dirigidas». El Ruso recuerda una fiesta de disfraces en la que Luis irrumpió transportado en silla de ruedas, pero vestido de mozo. Portaba una bandeja en alto, sostenida con un brazo entablillado que ridiculizaba el intento de producir en el Hogar una armadura dinámica que dotaría de movilidad artificial a los miembros superiores. Otra fiesta similar marcaba la crisis del modelo. Mónica se suicidaba en connivencia con su madre, luego de celebrar su ingreso a la facultad —el primero en el seno de la comunidad— con un disfraz de joven encinta. El modelo de rehabilitación de Vi.Tra., no obstante hacer a las condiciones materiales de vida, no lograba sustentarla.
En 1973, un movimiento interno que acompaña el clima de efervescencia que vivía la Argentina, en disconformidad con las autoridades a cargo del Hogar, produce el desplazamiento de la supervisora del Ferrer. Dos años más tarde, desbanca a la dirección de Vi.Tra. que es ocupada por los voluntarios más comprometidos con las necesidades de los discapacitados.
—Al principio fue todo flower. El objetivo de Vi.Tra., según su estatuto, es «hacer del discapacitado alguien socialmente productivo y económicamente independiente». Nosotros lo creímos posible; imaginate, los que tenían la manija eran nuestros amigos.
En la actualidad, Vi.Tra. cuenta con escuela primaria y secundaria. Ya no a causa de la polio, chicos con distintos tipos de discapacidades motoras acuden a Vi.Tra. a través de las obras sociales. Que las obras sociales reconocieran a Vi.Tra. fue un proceso lento. En los comienzos de la escuela, la asistencia social al discapacitado contemplaba sólo la cobertura médica, pero no la educación con vistas a una inserción laboral.
—Pero la comunidad del Hogar quedó excluida de todo —sigue diciendo el Ruso—. Vi.Tra. como institución creció mucho. Tiene obras para exhibir, realiza periódicamente congresos donde se habla hasta de nuestra sexualidad. En su planta administrativa, los discapacitados somos los menos y recibimos por paga una miseria. No te hablo de la indiferencia o el rechazo con que nos mira la sociedad, sino de contar con uno de los vehículos de Vi.Tra. para ir a la Facultad o de un acompañante. Se nos negó todo. A Luis, que quiso estudiar Psicología, lo llevaban sólo cuando la ambulancia del Ferrer estaba disponible. Salvo a algunos privilegiados, de los catorce que sobrevivimos, porque muchos acá murieron, nunca se nos apoyó en nada. Anotá que uno de nuestros padrinos era Roberto Giordano, el coiffeur.

 

AGOBIADO DE CALOR atiendo en la tarde una llamada. Una voz casi inaudible, traduzco que me dice: esperá, voy a cambiar el teléfono sin manos por el otro. Cuando pensaba que se había cortado la comunicación, la reconozco, es Cati, una egresada de Vi.Tra. Combinamos, al caer el sol, encontrarnos en lo del Ruso, en el Hogar. Ella pasaría la nochebuena allí.
Iría en remise desde la casa donde vive con su madre y un hijo de nueve años. Usa el teléfono «manos libres» para asistir a los clientes de una proveedora de tonner y repuestos para fotocopiadoras; trabajo por el que gana un básico de $ 132 más un promedio de $ 60 mensuales por comisión de venta. Los excedentes de las llamadas los paga la empresa. Tal vez sus ahorros le alcancen para cambiar el «manos libres» que ya no se escucha como recién comprado.
Los ventanales de la pieza del Ruso dan a la avenida Montes de Oca. Están abiertos. En penumbras, al entrar, siento la voz de ella decirme: ¿nos encenderías la luz? Un rato antes de que yo llegara habían estado leyendo a Castaneda. Cati había interrumpido la lectura y guardó silencio. El Ruso se inquietó: ¿por qué no lees más? Ya no se ve, le contestó. El brazo de Cati no puede extenderse hasta la perilla y él es indiferente a los cambios de luz.
Estamos conversando sobre libros cuando entra María. La trae su amiga desde la pieza lindante a la del Ruso donde viven juntas con una mona tití. Traba la silla de María, saluda a todos y nos deja.
Cati no tuvo polio, sufrió una lesión cerebral al nacer, ocasionada por mala praxis según presunciones de sus padres. La ceguera del Ruso sobrevino a una dosis de oxígeno equivocada —él conjetura— durante los primeros tratamientos que recibió al contraer la poliomielitis. Ellos dos y María fueron compañeros de colegio. El Ruso es un buen anfitrión, mientras nos derretimos de calor, continúa hablando de El viyi; cualquiera diría, después de conocer lo del tablero de ajedrez, que tiene el libro de Nikolái Gógol dentro del pulmotor. Pero nos confiesa que él está en bolas e invita a que nos pongamos cómodos. A esta altura me siento despojado de las armaduras que vestí en mis primeras visitas.
Les comento aquel texto leído durante el acto de fin de curso que había sido enteramente concebido por los chicos, según advirtió la maestra. En el relato de una excursión, los alumnos de una escuela para discapacitados se comportan como si no lo fueran. Cuando el motor del micro se funde, van a una casona a pedir auxilio. Entran y ven que está plagada de cucarachas, ratas, y que los objetos se animan por motu proprio. Sin embargo, huyen de la mansión espantados ante una imagen atenuada de ellos mismos: el hombre con la pata de palo. Una fantasía inocente, quizás.
El Ruso recuerda a una señora leyéndole libros de la colección Robin Hood cuando aún estaba internado en el Hospital de Niños. Ella entendía que en el cuerpo del Ruso, el Bien y el Mal libraban una lucha, al parecer eterna.
—¿Ustedes sienten miedo a algo? Ninguno me habló de sus miedos.
—Entonces nadie te habló en serio —interviene Cati.
—Yo pienso dos veces antes de protestar por algo. Por miedo a que después me nieguen un vaso de agua. Acá, hasta para mear tenés que hacer concesiones. Cuando pedís que querés mear, los auxiliares te dicen: ¿cómo, si ya te atendí? Ya measte, ¿otra vez querés mear?
—Eso no pasa únicamente en la institución —dice ella—. Lo mismo me pasa a mí, cuando después de una discusión con mi vieja tengo que pedirle que por favor me lleve al baño. Vivimos en un mundo físico donde las cosas se hacen con dos extremidades que son las manos y otras dos que son las piernas. Si no las tenés, no sos. Si sos, dependés.
María dice que el avance de la tecnología podría ayudar a superar esa dependencia. Da como ejemplos el control remoto de los equipos de audio y de la tele. Cati adhiere a la misma idea y sueña con una casa computarizada que haga las cosas con sólo pedírlas. Al Ruso le da risa.
—Nosotros tenemos miedo de que nos priven de la comida, de que no nos enchufen los caños —dice él.
—Vos sabés lo que comés —María se dirige a mí—, en cambio a nosotros nos hacen la comida. Cualquier negligencia la pagamos nosotros.
—Hubo muchos chicos que murieron acá. Uno murió porque vomitó estando en curda, se tragó el propio vomito y se ahogó. Acá no supieron que hacer. Otro ventilaba mal, no oxigenaba bien y falleció después de una traqueotomía de urgencia. Nadie le dio bola. La mayoría tiene problemas de riñón. Una chica murió con los riñones llenos de cálculos. En vez de orinar cada media hora lo hacía cada cinco o seis, cuando los auxiliares querían. Dosificando según la necesidad de ellos, no la de ella. ¿Por qué no esperás?, nos dicen, si yo también espero.
—Vivimos de favores. En consecuencia la relación que se entabla es de poder y sumisión —agrega María.
—Te voy a contar una historieta —me dice el Ruso—, una situación que ahora la veo hasta ridícula. A la hora del almuerzo, un día cualquiera, el auxiliar me trajo la bandeja con ravioles. Cuando se aprontaba a darme, tuvo una llamada. Después de diez minutos, la comida se enfrió. Se lo dije y le reproché que me dejara a la hora de la comida. El tipo, en un ataque de ira, sacudió la bandeja y, bueno, no sucedió nada de pedo. El cuchillo me pasó rozando la cabeza. Lo único que te digo es que yo sentí un miedo pavoroso. Ahora me acuerdo y me da risa pero, al día siguiente, no te imaginás lo que yo sentía cuando tuve que recibir en la boca la comida de manos de él. Me pidió disculpas, pero igual. Fue una boludez que recorre los canales de la dependencia, del conceder. Estamos siempre concediendo.
—Para poder obtener algo —les digo.
—Sí.
—Yo me rayo sólo con ver cómo al Ruso le hacen la aspiración con esa cánula —Cati me señala con la vista una gomita que está en el suelo—. A esa gomita por cómo la manejan los auxiliares, el Ruso está vivo de ojete —él se ríe y bromea con que es inmortal—. Así del piso, la agarran y se la enchufan en la tráquea.
—¿Va conectada a una bomba? —pregunto. El Ruso me dice que sí, a una Yelmo para sacar mocos.
En eso entra Susan por la ventana. Es la monita de María y casi me desmayo.
Después de los pan dulces, las chicas se retiran. A solas, el Ruso recuerda:
—Cuando la mansión estaba deshabitada, se rumoreaba que por los pasillos, a la noche, andaba el fantasma de una mujer vestida de negro. Sabés, impacta mucho el tema de los leones que están afuera.
—Morfándose gente.
—¿Sí? —me pregunta con asombro.
—¿Qué pensabas? No son gatitos con melena como los de las entradas de los hoteles. Hay uno, justo enfrente de la puerta, que alcanzó a engullirse media cabeza de un coloso que cuenta con la fuerza de sus brazos como única defensa.
—Se dice que los Díaz Vélez arrojaban la servidumbre a los leones de la gruta.
—¿Ése no será un sueño de ustedes?
—A veces te digo que dan ganas. Decí que no tenemos cómo.
Brindamos una vez más. A tientas descendí las escaleras de la casona, recorrí el salón principal entre los zumbidos de los pulmotores, unos cuantos ananá fizz encima y los ronquidos de los enfermeros desde las camillas con las que evité tropezar. Ante el portón de calle vi que el cerrojo estaba puesto y con candado. La armella móvil hizo click y se abrió. En la vereda de Montes de Oca, vuelto hacia la mansión, vi una vez más las fieras de mármol devorando a sus presas. También entendí por los gestos de una dama de negro que no debía preocuparme, ella se ocupaba de trabar el cerrojo por dentro.

Juego de espejos

Las sábanas de Norberto (2003)

Fotografías por Luis María Herr
website

Últimos días

2011/06/03

Preliminar

LA ILUMINACIÓN DEL SALÓN restituye algo de la opulencia de los Díaz Vélez. El punto culminante será la entrega de diplomas a los cinco egresados de la secundaria para discapacitados motores que funciona en la antigua casona. Tras el himno los alumnos del primario harán la «banda sonora» de un relato que la maestra va a leer a los familiares y a las autoridades presentes.
Un día los chicos salieron de excursión, relata la maestra. Arriba del micro era una fiesta —los estudiantes reproducen los cánticos alusivos: ¡chofer, chofer, apure ese motor que en esta cafetera nos morimos de calor!— hasta que se descompuso. Entonces los chicos bajaron y fueron a una casa a pedir auxilio. Nadie les contestó. Quién vivirá en este lugar, dijeron, y entraron. Las ventanas se abrían y cerraban por el viento —ahora imitan los chifletes con la boca y el chirriar de las bisagras haciendo girar los apoyos desaceitados de sus sillas—. De repente, unas risas burlonas los acosaron y una voz ronca los dejaría temblando. ¿Quiénes son ustedes?, les preguntó un hombre con una pata de palo —tuc, tuc, tuc— haciéndose ver. El relato finaliza con la huida de los chicos ante la aparición del rengo en la casa que parecía embrujada. Los estudiantes acompañan el final pegando alaridos, fijos a sus sillas de ruedas.
Al inicio de los años cuarenta fueron atendidos en el Servicio de Poliomielitis del Hospital de Niños los primeros casos de parálisis infantil. Con la llegada de cada verano, la epidemia creció hasta alcanzar, en 1956, el pico de seis mil ochocientos afectados. El último brote masivo fue en 1971 y el número de casos, cuatrocientos.
En junio de aquel aciago y sombrío 1956 se efectuó una prueba de campo de la vacuna de Salk en Argentina y en septiembre cincuenta pacientes con parálisis extrema fueron trasladados del Hospital de Niños a un nuevo instituto, el Centro de Rehabilitación Respiratoria María Ferrer. La pregunta que el propio Albert Sabin dejó sin contestar en su visita de 1967 al Centro: Doctor, ¿usted no tendría una vacuna para mí?, formulada por una niña que respiraba gracias a la gravedad artificial producida por una cama oscilante, contrasta hoy con las palabras de Stella. Según ella no hay como el pulmotor para entregarse al sueño. Sin embargo, el camino recorrido por aquellos cincuenta niños puede medirse en pocos metros: los que tiene la pasarela al aire libre que une el María Ferrer con la mansión. La casa de dos plantas, construida sobre una loma, conserva las ruinas de una gruta decimonónica. Con la inauguración de la terminal ferroviaria de Constitución las familias acaudaladas edificaron sus residencias en los aledaños. Los parques fueron ornados con grutas y fieras de mármol devorando a sus presas; los altos cielos rasos de las habitaciones con orlas floridas de guirnaldas. En el predio que perteneció a los Díaz Vélez, fantasmas incluidos, existen en el presente la escuela y un Hogar Respiratorio.

Emerson Rocking Bed / OPERATING INSTRUCTIONS
El paciente debe acostarse con el peso aproximadamente centrado en la cama, ya que el equilibrio mejora los suavidad del funcionamiento. El pie de cama se puede mover, si es necesario, empujando los extremos de apoyo en el marco de la cama. Las secciones de la cabeza y de los pies son ajustables hacia arriba y abajo por manivelas a los pies de la cama. Las manivelas deben girarse y ser trabadas cuando se obtenga la posición deseada.

Luis trabajaba en la escuela de 13:30 a 20:00.
—Mirá, esta es la carta. Aquí tenés para copiar el modelo —y que Dios te ayude, le pareció escuchar—.
Varios blocs fueron a parar a la basura antes de que Luis pudiera tipear ocho páginas por día. Usaba un palito que sostenía con los dientes y un hilo anudado al espaciador de la máquina del que tironeaba con un movimiento del antebrazo para ser más veloz. Comparaba la máquina de escribir de la secretaria de la escuela, que era electrónica y tenía corrector, con la suya que lo obligaba a hacer malabares para cobrar $ 180. Confía en que la escuela le seguirá pagando su sueldo mientras dure el tratamiento que le están haciendo para eliminar las piedras que tiene en su riñón derecho.
—En el Hogar, la atención médica que recibimos es del Ferrer. El personal que nos atiende es escaso. Hace unos días tomaron nuevo personal a través de una empresa privada. Pero no alcanza. Acá si se corta la luz hay que llamar a los bomberos para que traigan un grupo electrógeno. Si estamos durmiendo, nos despertamos porque nos falta el aire. Hay un tablero conectado al Ferrer pero no tenemos tomacorriente en la habitación. Yo uso un prolongador larguísimo para esos casos.
Un auxiliar entra en la habitación.
—Luis aguanta poco sin pulmotor. Otros aguantan hasta cuatro o cinco horas pero hay chicas abajo que nada. Inmediatamente hay que taparles la tráquea para que respiren haciendo gloso y tirar los prolongadores hasta el tablero de emergencia.
El auxiliar dice que trabaja seis horas aunque en verdad pasa la noche en la Residencia Escolar, a cuadra y media del Hogar, haciendo guardia. Allí se hospedan chicos y jóvenes estudiantes cuyas familias viven lejos de la escuela. Antes era mozo de restaurante. Su señora, que trabaja en la cocina del María Ferrer, lo anotó para trabajar en una época en que andaba desocupado.
— Yo les doy de comer, los baño, los acuesto. Al principio tenía miedo de lastimarlos, con el tiempo aprendí de ellos. Me enseñaron a manejar los pulmotores, a regularles la presión, ya sea positiva o negativa, la cantidad y los ciclos que necesitan para respirar.
Los timbres llamando a los auxiliares suenan a cada rato. Le pregunto cómo se arreglan siendo pocos para tanto trabajo. Me dice que él es paciente.
— Cuando llama uno y otro, si sos nervioso te ponés loco. Yo hago las cosas con tranquilidad.
Luis tuvo polio a los dos años y dice no acordarse de cuando caminaba, ni siquiera del episodio de haberla contraído. Es entrerriano. Vivía en una casa de muchas habitaciones con un almacén a la calle.
Mientras conversamos, el auxiliar se va y entra un pibe.
—¿Qué quiere este gordo? —dice Luis, suavemente—. No tengo de litro y medio. Tengo latitas.
Se miran a través de un espejo reclinado a cuarenta y cinco grados sobre el rostro de Luis. Como el retrovisor de los autos pero más grande.
—Cuánto —pregunta el nene sosteniendo el envase y un billete chico.
—Uno veinte.
—Voy a preguntar.
—Como quieras, chau.
Luis vive con su padre en una pieza del primer piso de la casona. Una estantería hace las veces de kiosco y en la vieja heladera Saccol se guardan las latas de gaseosa. Su viejo prepara sandwiches para las visitas del Hogar. En el balcón, invadido por las ramas de los árboles del parque, duerme una perra a la que Luis no acaricia.
El reglamento prohibe tener animales, negocio o venta de cualquier cosa. También la presencia de familiares viviendo en el Hogar.
—Sólo podés comer, respirar y cagar. Nada más. A mí no me alcanza el sueldo. El equipo y la video me los compré con el kiosco. Te doy el caso de María, con un solo riñón y llena de cálculos como yo. Con ella vive una chica que la atiende y la lleva al baño cuando necesita. Al no tener personal suficiente necesitamos de alguien que esté con nosotros.
El padre de Luis narra cómo resistió un intento de desalojo y clausura: cruzó el pulmotor, con su hijo adentro, trabando la puerta. La perra aportó también lo suyo.
En todo el Hogar, la radio, los equipos de audio y la tele compiten con los soplidos de los pulmotores. En la planta baja son todas mujeres. En el primer piso están los varones, también María y Marta. María estuvo con ellos desde chiquita. Marta es madre de una nena que vive con la hermana del padre. Él vive a pocas cuadras del Hogar en una pensión del barrio de Constitución y pasa horas charlando con su mujer mientras le ceba mate como cualquier voluntario. En un ala de la casa, retirada de las demás habitaciones, viven dos mujeres, Elena, directora del secundario, y Amalia. Ellas junto a Olga y Diana, ya fallecidas, fueron hace treinta años las primeras en ingresar al Hogar, por aquel entonces una mansión desierta.

Emerson Respirator / OPERATING INSTRUCTIONS
Abrir el agujero para la cabeza con las correas de expansión y fijarlas en las clavijas respectivas. Colocar al paciente boca arriba sobre el colchón y, conservando la barbilla hacia abajo, sacar la cabeza por el agujero. Los hombros deben hacer tope contra la placa. Ajustar la altura del apoyacabezas y la cama con las llaves giratorias (12) y (13), de forma que el cuello se ubique aproximadamente en el centro del agujero.

Fotos de Luis

Para leer la segunda parte

Everybody’s got something to hide except me and my monkey

2010/11/27
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A MEDIADOS DE mayo, empecé a hacer pruebas con Investigaciones en masa en el formato ePub.
Aprendí mucho desde entonces. Tuve la valiosa ayuda de amigos, que supieron orientarme cada vez que yo me empantanaba en XHTML5, el lenguaje de programación para el ePub. También leí información en la web, tanto técnica como de diseño para este formato; el cual fue adoptado como estándar de publicación electrónica.
Para aquellos que no lo recuerden, el ePub acomoda el texto a la pantalla que tengamos, diferencia sustancial con el PDF, que reproduce la distribución del texto, en origen concebida para el papel.
Mi idea es compartir algunos momentos de mi experiencia con el ePub, desde los prototipos que compuse de Investigaciones en masa para mi iPod touch hasta el presente, es decir, la publicación en el iBookstore de Apple.
Si quieren pueden seguir un rodeo al tema a través del siguiente enlace.

Brujería
Las editoriales se comportan como el eslabón más reticente a la aceptación de las nuevas herramientas y tecnologías de publicación.

 

 

Aunque leo libros enteros en formatos DOC y PDF desde hace ya diez años, por lo menos, lo cierto es que recién empecé a leer en 2008 en el nuevo estándar ePub con una aplicación de iPhone que se llama Stanza.
El primer título fue la Crónica del Río de la Plata y del Paraguay, de Ulrico Schmidel. Además de las herramientas de búsqueda, marcador y notas, utilicé otra muy versátil que permite compartir notas y citas a través de e-mail, así como también de Twitter y Facebook en las últimas versiones.
Pero en mayo de 2010, mi interés por subir el libro recientemente publicado residió en que su escritura sucedía en un iPhone. Quiero decir, que Investigaciones en masa se comporta como un archivo que se llena de anotaciones hechas en la pantallita y que el protagonista da a leer, así como también guarda en el iPhone antiguas cartas entre sus padres. Cuando Norberto Butler concluyó la lectura de la novela, reflexionó acerca de los álbumes de fotos y la música favorita de nuestros teléfonos móviles, y observó que, aunque pueden compartirse, resultarían marcas autobiográficas de este tiempo que tienen como primeros destinatarios a los propios portadores.
Podía ahora yo tornar realidad aquella ficción íntima. Para tal fin, me valí de dos programas: Sigil y Calibre. El primero es un editor que posibilita componer el libro electrónico a partir de un documento de Word. El segundo permite el traspaso del libro electrónico a cualquier dispositivo móvil, entre los cuales figura mi iPod touch.
Algunos extras y capturas de pantalla en:

Realidad
Ahora mi novela.

 

Estábamos en que había hecho realidad una ficción íntima: la novela en una pantallita multitáctil; sin embargo, se trataba de una íntima realidad, porque existía sólo bajo el aura de mis dedos.
No obstante, alcancé a vislumbrar la posibilidad de expandir esa realidad con la aparición del iPad. El caso era que Apple había provisto a su tablet multimedia de iBooks, una aplicación propia para leer libros, así como había montado una tienda en línea, iBookstore, inspirada en la iTunes Store, de discos o MP3; además, y en breve, dichas novedades librescas también estarían disponibles para iPhone e iPod touch.
Por lo pronto, debía yo buscar la manera de que Investigaciones en masa estuviera presente en los anaqueles del iBookstore. Para ese fin, debía realizar mejoras técnicas en la versión íntima para poder luego iniciar los trámites de admisión de la novela a través de un proveedor oficial de contenidos, quien le asignaría un nuevo ISBN o identificador único.
Por un lado, se me ocurre que algunos aspectos de la distribución de música online pueden ser útiles para dar contexto a la apuesta de Apple por los libros, así como también para entender la resistencia de las editoriales a ofrecer sus títulos en formato electrónico. Por el otro, unas capturas de pantalla tal vez sirvan para dar cuenta de las ordalías a las que fue sometido el primer ePub de mi novela, antes de la publicación definitiva.

Ordalías
Para proponer un libro a Apple, el mismo tiene que estar desbloqueado, compuesto en el estándar ePub y pasar un test de código abierto, que se llama epubcheck.

 

 

Finalmente, la tapa.
Tampoco fue una empresa simple ponerle una tapa al libro. La imagen se adaptaba al ancho de la pantallita, pero, si la altura no era la conveniente, la tapa se cortaba o se dividía. Y nada lindo abrir un libro con la tapa seccionada, por más electrónico que sea.
Poco a poco, reduje la altura en el iPod touch hasta que la tapa calzó entera, pero qué sucedería en el iPad, me preguntaba. El tablet era más grande, pero no proporcionalmente más grande que mi iPod touch, y, por mayo-junio, resultaba una quimera contar con uno para hacer el mismo experimento —el iPad empezó recién a comercializarse en Argentina en septiembre—.
Por suerte di con el blog de Liza.
El nueve de junio, en otra parte del mundo y con su flamante iPad en mano, Liza publicaba las dimensiones mágicas: 600 por 800 píxeles. Recomiendo mucho el sitio para quienes tengan ganas de aprender algunos trucos acerca de libros electrónicos, así como también invito a que abran el ePub con los mágicos corderos y ovejitas de la granja de Liza.

Pigs, gourds, and wikis
A magic image.

 

 

Ahora, cuando está concluyendo esta reseña, quiero compartir los borradores de la tapa y la contratapa para iPad de un cuento, junto con otras curiosidades de laboratorio y artes gráficas.

Hey!
Muchedumbre in albis en ePub.

 

 

Tal vez, y para terminar, sea oportuno decir que conceptos como disco musical y libro están siendo revisados a partir de Internet. A causa de que mencioné los discos, tomemos nota de la noticia caliente de los últimos días:

Los Beatles en iTunes
Por qué no imaginar en un futuro la tapa de un libro (o la imagen de un escritor) ocupando la gran pantalla. Come on, it’s such a joy.

 

 

Mono de piedra

Invisible

2010/08/12

YO ESCRIBÍA SOBRE mi padre.
Pero quiero decir que escribía con el dedo sobre una parte determinada de su cuerpo.
Palabras que no guardaban conexión unas con otras. El niño que yo era simplemente jugaba con tantas palabras como podía cargar la espalda del padre. Y el juego consistía en que mi padre leyera aquello que su hijo escribía.
No importaba qué.
Me esforzaba mucho en la caligrafía. Si la letra no me salía la borraba con la palma de la mano y volvía a hacerla. Pero mi padre me interrumpía a menudo; de pronto le empezaba la picazón, entonces yo debía dejar las letras y aprestarme con rapidez a rascarle la espalda de acuerdo con las directivas de lugar que él me impartía; más abajo, no, un poquito más arriba. No, no, más para este costado. Ahí querido; menos, sí dale, casi. Ahí, sí sí. La mayoría de las veces tenía que subirme a caballo, con una pierna a cada lado de la espalda, para rascarle ese ahí que tanto le picaba. Por fin, cuando mi padre resultaba complacido, me disponía a hacer una limpieza de toda la espalda; borraba las marcas, y recomenzaba desde el principio, como si estuviese recogiendo una a una letras que se habían quedado atrás.
Otro día el juego se demoraba antes de comenzar. Mi padre quería que le arrancara algún pelo que le crecía en la espalda, cuya ubicación él conocía a la perfección, yo nunca supe cómo. Me disgustaba la requisitoria de mi padre para obtener yo el permiso de escribir; pero por más que le protestara, que le dijera que no valía, él seguía durmiendo a cara más o menos descubierta, pero jamás abandonando la espalda. Así las cosas, y con tal de poder escribir de inmediato en ese block de piel que mi padre me esquivaba, yo terminaba por aceptar el chantaje. El colmo para mí era que el pelo en cuestión se me deslizara al intentar arrancarlo; a veces por ser prematuro, demasiado corto para que lo pudiera enrollar en un dedo y sacarlo de un tirón. No tenía fuerza suficiente, o me faltaba rabia, un poquito más de rabia apenas me despertaba.
La piel de mi padre tenía color. Bastante color para que con la yema del dedo índice yo dejase un vestigio de mi letra. Una marca blanca donde escribía.
La palabra ocurría en mayúsculas sobre la desnudez color mazapán. Se iniciaba en los hombros manchados de lunares, descendía en una curva fácil, y se explayaba hasta la cintura. Pero no hay letra más vulnerable que la dibujada sobre una espalda, nada más efímero que la huella del roce del dedo con la piel de una espalda. Yo espiaba las letras, parecía que iban desprendiéndose y se alejaban al vuelo, mezcladas con el olor de la desnudez sin lavar. Por consiguiente, para evitar que la palabra muriera, yo pulsaba una forma de punto cuando terminaba de escribirla; me valía de un quiste de grasa, grande como un timbre y de membrana gris, que mi padre hospedaba del lado derecho de la cintura. Sólo ponía allí la puntita del dedo meñique; entonces mi padre, advertido por ese aviso, rozaba ásperamente la barba sin afeitar contra la almohada; era prueba, para mí, de que se iniciaba dentro de él el resurgimiento de la palabra, o bien, el proceso de distinguir en el laberinto de las sílabas el camino que lo conduciría a la palabra.
Yo era leído por mi padre.
Y, mientras la palabra tardaba en surgir en voz alta, estaba perfectamente a su merced. Yo había dibujado cada letra con una meticulosidad infinita, oliendo, investigando el palpable matrimonio de la caligrafía con la pintura. Y confiado como estaba de que la humanidad lo había hecho desde el fondo de los tiempos, creía que ambos, mi padre y yo, ni apurábamos ni exigíamos del otro lo que sabíamos que llegaría naturalmente. Igual que en un sueño. Sin embargo, mis orejas mantenían su tensión en el borde de un agujero.
Pa, lo llamaba al cabo de un interminable silencio que me había autoimpuesto, pa, y le preguntaba un montón de veces más para no tener ya que repetírmelo hacia mis adentros, papi adivinaste.
Me gustó que me rascaras.
No lo podía creer.
Se quedaba dormido muchas veces, y el juego solía terminar en unos revolcones, unos forcejeos en la cama de los cuales yo resultaba siempre confuso. Es posible que mi padre también escribiera sobre mí, aunque no estoy seguro. Cuando luchábamos, recuerdo que, al tenerme dominado, me raspaba la cara con el mentón sin afeitar. Me pregunto si acaso mi padre, en el supuesto de que hubiera escrito sobre mi espalda, borraría con la barba la letra que, porque era poco clara, yo le habría pedido que volviese a trazar.
Tantas letras tiene un no como un sí. No me acuerdo siquiera de que mi padre escribiera en mi espalda. Sí de que, cuando había conseguido inmovilizarme, me frotaba las mejillas con la barba hasta ponérmelas coloradas. Risas hasta el momento en que empezaba a sentir la falta de aire. Mi padre no dejaba de rasparme aunque yo le dijese que basta, que ya era suficiente, que las mejillas me ardían demasiado. La tensión crecía, yo le pedía que me soltara. Rojos los cachetes de mi cara. Las risas dejaban paso a renovadas súplicas de basta, me ahogo. Cada segundo que pasaba me parecía el último porque no podía respirar.
Finalmente, cuando el peso se retiraba sentía bronca, muchísima bronca porque mi papá había excedido la diversión y me había provocado una angustia corporal tremenda.

Fragmento de Investigaciones en masa

Esto no es una revista literaria Nº 5

Ilustración de Rockwell Kent: MOBY DICK, cap. IV ● El cubrecama

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