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Las piernas de la ficción

2009/12/10

Ilustración de Roland Topor

«¿QUIÉN PUEDE DECIR de qué carne estoy hecho?» El narrador de La luna y las fogatas hace la pregunta en el primer parágrafo de una novela de ciento ochenta y cinco páginas. La pregunta recorre la novela, hasta que el narrador, en la página ciento veintidós, cuenta:

«En los meses que Rosana fue mi amiga, comprendí que en verdad era bastarda, que las piernas que extendía sobre el lecho eran su única fuerza, que podía tener a sus padres en el Estado productor de grano o quién sabe dónde, pero para ella sólo una cosa contaba: decidirme a volver con ella a la costa y abrir un local italiano con pérgolas de parra —a fancy place, you know— y allí tener ocasión para que alguien la viese y fotografiase difundiéndola luego en un diario editado en colores —only gimme a break, baby— […]
»Era rubia, alta, siempre dispuesta a alisarse las arrugas y arreglarse los cabellos. Quien no la hubiese conocido, viéndola salir con aquel paso de la puerta de la escuela, la habría confundido con una simpática estudiante. Qué enseñaba no lo sé; sus alumnos la saludaban echando al aire la gorra y silbando. En los primeros tiempos, hablándole, yo escondía mis manos y bajaba la voz. Me preguntó enseguida por qué no me hacía americano. Porque no lo soy, balbucí —
because I’m a wop—, y ella reía y repetía que eran los dólares y la cabeza lo que hacían a un americano. Which of them do you lack? ¿Cuál de los dos te falta?»

Otra pregunta difícil.
En el parágrafo siguiente, el narrador contrapondrá la carne, que todavía no es, al pasado no conocido:

«He pensado muchas veces qué tipo de hijos habrían podido nacer de nosotros: de aquellas caderas lisas y duras, y de mí, de mi sangre densa. Los dos procedíamos de no se sabe dónde, y el único modo de conocernos, de saber qué teníamos en la sangre, era someternos a esta experiencia. Habría sido interesante, pensaba, si mi hijo se pareciese a mi padre, a mi abuelo, y así descubriese realmente su identidad. Rosana me habría dado seguramente un hijo, siempre que hubiese aceptado acompañarla hasta la costa. Pero yo rehusé, no quise —con aquella madre y conmigo habría sido otro bastardo— un muchachote americano. Ya entonces sabía que me esperaba el regreso.»

En el marco oracular de estas citas de la novela de Cesare Pavese aspiro a pensar la herencia y los medios a partir de los cuales sería posible hacernos cargo de una voz ficcional.
Me gustaría recordar que el modo en que un escritor piensa su lugar constituye una ficción. Esa ficción de origen adopta la forma de un legado, y la obra es siempre presentada como una elaboración de ese legado.
Ricardo Piglia, en La Argentina en pedazos, sostiene que la ficción de origen asume la forma de un relato que funciona como medio de relación con la sociedad.
En particular, dice que Jorge Luis Borges piensa su lugar en deuda con los mayores, y que su obra se arroga dos linajes o tradiciones. Por un lado la memoria materna y por otro lado la biblioteca paterna. Así, el núcleo familiar define las tensiones o las oposiciones con las que se conecta la historia argentina: el coraje y las letras, la sangre y los libros, la barbarie y la civilización.
Esta doble entrada ayuda a pensar la carga que Borges afrontó al momento de ponerse a escribir sus primeros relatos de ficción: Hombre de la esquina rosada y El acercamiento a Almotásim —el presupuesto narrativo del primero es la escucha o transcripción de los hechos que alguien narra, y del segundo es la lectura y el uso de una de las figuras conocidas de desplazamiento de la atribución: el apócrifo—.

Hay consenso respecto de la respuesta particular que cada escritor da al momento de contar el origen de su escritura. Una respuesta que concentra las tensiones y las oposiciones al momento en que el escritor se resuelve por una voz ficcional.
No por otra.
Luego, podemos preguntarnos en qué consistiría una ficción de origen a partir del interrogante que Pavese retiene sumergido durante los dos primeros tercios de su última novela. En otras palabras, propongo permitirnos una ficción especulativa en clave de La luna y las fogatas.

«¿Quién puede decir de qué carne estoy hecho?» Una pregunta que no vuelve a ser formulada explícitamente en la novela. Está aludida, por supuesto, pero nada más. La eficacia de esa decisión estilística avanza hacia los dos tercios de la novela en la dirección de Rosana en la cama. Pero —y sobre todo— en la dirección de las piernas de Rosana.
Después que el narrador descifra el secreto de esas piernas en la cama, revelará el color del cabello, la estatura de Rosana, etcétera. Sin embargo, a la luz de la pregunta hecha en torno de la palabra «carne» lo que importa son sólo las piernas. Piernas que «eran su única fuerza», porque «en verdad» Rosana «era bastarda».
Esto es incontestable. Estamos ante el propio ejercicio de la literatura que genera desconciertos y teorías. Espacios de reflexión sobre registros que tienen que ver con la identidad. El narrador cuenta que Rosana le había preguntado por qué no se había hecho americano, y él respondió que porque no lo era, o, lo que es igual, pero balbuceando en inglés, que porque él era un aldeano del sur de Italia.
Rosana rió y lo instruyó en aquello de los dólares y la cabeza. Y enseguida se le ocurrirá al narrador una interesante experiencia con Rosana —y en esto de la experiencia, que el narrador se llame el Anguila supone una voluntad de estilo—.
«He pensado muchas veces qué tipo de hijos habrían podido nacer de nosotros: de aquellas caderas lisas y duras, y de mí, de mi sangre densa.»
Sin embargo, el futuro no es parecido a nada. El futuro resulta sin padres. Ser subalterno o ser heredero, es el problema que atañe al ser humano en tanto que es en la cultura; es decir, en el lenguaje. La ficción genera un tipo particular de desconcierto, por lo general muy ligado a cambiar la manera de leer y de interrogar lo social, la memoria y la tradición.
Las palabras engañan, puesto que la palabra desconcierto comporta a la vez nociones de descolocamiento, incomodidad, cambio y, también, por qué no, fascinación.
No creo que el escritor de Moby Dick supiera lo que hacía, y tampoco el del Quijote, y mucho menos el de La vida breve. Libros con cicatrices de la composición o de la hechura. Y la composición revela que habrían sido imaginados en contra de algo. Incluso en contra de otros libros.
Hijos bastardos.
Hojas que pueden ponernos en una situación molesta o que nos enojan. Son hojas violentas sólo porque los escritores dejaron marcas de las vacilaciones o dificultades que afrontaron al escribirlas.
La noción misma de violencia puede ser inadecuada. Estos libros, a decir verdad, parecen deshechos. Tienen fallas. Parecen no terminados.
Sin embargo, tienen fuerza en las piernas, y, en eso, creo, reside la mejor ficción. Es así como puede seguir existiendo una literatura. No sabiendo de donde procedemos ni de qué carne serán nuestros hijos, quiero decir.

Esto no es una revista literaria N° 4

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