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Últimos días

2011/06/03

Preliminar

LA ILUMINACIÓN DEL SALÓN restituye algo de la opulencia de los Díaz Vélez. El punto culminante será la entrega de diplomas a los cinco egresados de la secundaria para discapacitados motores que funciona en la antigua casona. Tras el himno los alumnos del primario harán la «banda sonora» de un relato que la maestra va a leer a los familiares y a las autoridades presentes.
Un día los chicos salieron de excursión, relata la maestra. Arriba del micro era una fiesta —los estudiantes reproducen los cánticos alusivos: ¡chofer, chofer, apure ese motor que en esta cafetera nos morimos de calor!— hasta que se descompuso. Entonces los chicos bajaron y fueron a una casa a pedir auxilio. Nadie les contestó. Quién vivirá en este lugar, dijeron, y entraron. Las ventanas se abrían y cerraban por el viento —ahora imitan los chifletes con la boca y el chirriar de las bisagras haciendo girar los apoyos desaceitados de sus sillas—. De repente, unas risas burlonas los acosaron y una voz ronca los dejaría temblando. ¿Quiénes son ustedes?, les preguntó un hombre con una pata de palo —tuc, tuc, tuc— haciéndose ver. El relato finaliza con la huida de los chicos ante la aparición del rengo en la casa que parecía embrujada. Los estudiantes acompañan el final pegando alaridos, fijos a sus sillas de ruedas.
Al inicio de los años cuarenta fueron atendidos en el Servicio de Poliomielitis del Hospital de Niños los primeros casos de parálisis infantil. Con la llegada de cada verano, la epidemia creció hasta alcanzar, en 1956, el pico de seis mil ochocientos afectados. El último brote masivo fue en 1971 y el número de casos, cuatrocientos.
En junio de aquel aciago y sombrío 1956 se efectuó una prueba de campo de la vacuna de Salk en Argentina y en septiembre cincuenta pacientes con parálisis extrema fueron trasladados del Hospital de Niños a un nuevo instituto, el Centro de Rehabilitación Respiratoria María Ferrer. La pregunta que el propio Albert Sabin dejó sin contestar en su visita de 1967 al Centro: Doctor, ¿usted no tendría una vacuna para mí?, formulada por una niña que respiraba gracias a la gravedad artificial producida por una cama oscilante, contrasta hoy con las palabras de Stella. Según ella no hay como el pulmotor para entregarse al sueño. Sin embargo, el camino recorrido por aquellos cincuenta niños puede medirse en pocos metros: los que tiene la pasarela al aire libre que une el María Ferrer con la mansión. La casa de dos plantas, construida sobre una loma, conserva las ruinas de una gruta decimonónica. Con la inauguración de la terminal ferroviaria de Constitución las familias acaudaladas edificaron sus residencias en los aledaños. Los parques fueron ornados con grutas y fieras de mármol devorando a sus presas; los altos cielos rasos de las habitaciones con orlas floridas de guirnaldas. En el predio que perteneció a los Díaz Vélez, fantasmas incluidos, existen en el presente la escuela y un Hogar Respiratorio.

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El paciente debe acostarse con el peso aproximadamente centrado en la cama, ya que el equilibrio mejora los suavidad del funcionamiento. El pie de cama se puede mover, si es necesario, empujando los extremos de apoyo en el marco de la cama. Las secciones de la cabeza y de los pies son ajustables hacia arriba y abajo por manivelas a los pies de la cama. Las manivelas deben girarse y ser trabadas cuando se obtenga la posición deseada.

Luis trabajaba en la escuela de 13:30 a 20:00.
—Mirá, esta es la carta. Aquí tenés para copiar el modelo —y que Dios te ayude, le pareció escuchar—.
Varios blocs fueron a parar a la basura antes de que Luis pudiera tipear ocho páginas por día. Usaba un palito que sostenía con los dientes y un hilo anudado al espaciador de la máquina del que tironeaba con un movimiento del antebrazo para ser más veloz. Comparaba la máquina de escribir de la secretaria de la escuela, que era electrónica y tenía corrector, con la suya que lo obligaba a hacer malabares para cobrar $ 180. Confía en que la escuela le seguirá pagando su sueldo mientras dure el tratamiento que le están haciendo para eliminar las piedras que tiene en su riñón derecho.
—En el Hogar, la atención médica que recibimos es del Ferrer. El personal que nos atiende es escaso. Hace unos días tomaron nuevo personal a través de una empresa privada. Pero no alcanza. Acá si se corta la luz hay que llamar a los bomberos para que traigan un grupo electrógeno. Si estamos durmiendo, nos despertamos porque nos falta el aire. Hay un tablero conectado al Ferrer pero no tenemos tomacorriente en la habitación. Yo uso un prolongador larguísimo para esos casos.
Un auxiliar entra en la habitación.
—Luis aguanta poco sin pulmotor. Otros aguantan hasta cuatro o cinco horas pero hay chicas abajo que nada. Inmediatamente hay que taparles la tráquea para que respiren haciendo gloso y tirar los prolongadores hasta el tablero de emergencia.
El auxiliar dice que trabaja seis horas aunque en verdad pasa la noche en la Residencia Escolar, a cuadra y media del Hogar, haciendo guardia. Allí se hospedan chicos y jóvenes estudiantes cuyas familias viven lejos de la escuela. Antes era mozo de restaurante. Su señora, que trabaja en la cocina del María Ferrer, lo anotó para trabajar en una época en que andaba desocupado.
— Yo les doy de comer, los baño, los acuesto. Al principio tenía miedo de lastimarlos, con el tiempo aprendí de ellos. Me enseñaron a manejar los pulmotores, a regularles la presión, ya sea positiva o negativa, la cantidad y los ciclos que necesitan para respirar.
Los timbres llamando a los auxiliares suenan a cada rato. Le pregunto cómo se arreglan siendo pocos para tanto trabajo. Me dice que él es paciente.
— Cuando llama uno y otro, si sos nervioso te ponés loco. Yo hago las cosas con tranquilidad.
Luis tuvo polio a los dos años y dice no acordarse de cuando caminaba, ni siquiera del episodio de haberla contraído. Es entrerriano. Vivía en una casa de muchas habitaciones con un almacén a la calle.
Mientras conversamos, el auxiliar se va y entra un pibe.
—¿Qué quiere este gordo? —dice Luis, suavemente—. No tengo de litro y medio. Tengo latitas.
Se miran a través de un espejo reclinado a cuarenta y cinco grados sobre el rostro de Luis. Como el retrovisor de los autos pero más grande.
—Cuánto —pregunta el nene sosteniendo el envase y un billete chico.
—Uno veinte.
—Voy a preguntar.
—Como quieras, chau.
Luis vive con su padre en una pieza del primer piso de la casona. Una estantería hace las veces de kiosco y en la vieja heladera Saccol se guardan las latas de gaseosa. Su viejo prepara sandwiches para las visitas del Hogar. En el balcón, invadido por las ramas de los árboles del parque, duerme una perra a la que Luis no acaricia.
El reglamento prohibe tener animales, negocio o venta de cualquier cosa. También la presencia de familiares viviendo en el Hogar.
—Sólo podés comer, respirar y cagar. Nada más. A mí no me alcanza el sueldo. El equipo y la video me los compré con el kiosco. Te doy el caso de María, con un solo riñón y llena de cálculos como yo. Con ella vive una chica que la atiende y la lleva al baño cuando necesita. Al no tener personal suficiente necesitamos de alguien que esté con nosotros.
El padre de Luis narra cómo resistió un intento de desalojo y clausura: cruzó el pulmotor, con su hijo adentro, trabando la puerta. La perra aportó también lo suyo.
En todo el Hogar, la radio, los equipos de audio y la tele compiten con los soplidos de los pulmotores. En la planta baja son todas mujeres. En el primer piso están los varones, también María y Marta. María estuvo con ellos desde chiquita. Marta es madre de una nena que vive con la hermana del padre. Él vive a pocas cuadras del Hogar en una pensión del barrio de Constitución y pasa horas charlando con su mujer mientras le ceba mate como cualquier voluntario. En un ala de la casa, retirada de las demás habitaciones, viven dos mujeres, Elena, directora del secundario, y Amalia. Ellas junto a Olga y Diana, ya fallecidas, fueron hace treinta años las primeras en ingresar al Hogar, por aquel entonces una mansión desierta.

Emerson Respirator / OPERATING INSTRUCTIONS
Abrir el agujero para la cabeza con las correas de expansión y fijarlas en las clavijas respectivas. Colocar al paciente boca arriba sobre el colchón y, conservando la barbilla hacia abajo, sacar la cabeza por el agujero. Los hombros deben hacer tope contra la placa. Ajustar la altura del apoyacabezas y la cama con las llaves giratorias (12) y (13), de forma que el cuello se ubique aproximadamente en el centro del agujero.

Fotos de Luis

Para leer la segunda parte

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