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Investigaciones en masa

EL HOMBRE SUEÑA con levantar edificios, con escribir una novela, en cambio la mujer sueña con un hombre al que pueda confiarle su destino; dos irónicos puntos de interrogación que pone Vanna, frente a los cuales yo vacilo pero esbozo una sonrisa; entonces agrega jocosamente, así que el hombre sueña con una mujer, quién lo diría. Por más que las cartas de amor no hayan cesado de escribirse, si una mujer recibiese hoy aquel nada te falta para ser lo que yo te había soñado, resulta extremadamente cierto que huiría despavorida. No obstante, le explico con cariño que los hombres también soñamos con una mujer a quien confiarle nuestro destino; que mi papá lo hizo durante siete años a través de millones de cartas, pero que no estoy nada seguro de la universalidad de la materia, y que ni siquiera las cartas que yo seleccioné son una prueba de algo. Me callo porque la palabra destino nunca caminó muy cómoda a mi lado.
Repito a solas la palabra destino hasta perder la cuenta de las veces, y, por mérito de recorridos no fácilmente delineables, me zambullo en la boca de agua donde mi padre me narraba, siendo yo un niño, que duerme un edificio patas arriba, un templo del cual hoy todavía se escucha el campaneo; lo hago sabiendo e inquiriendo un vuelco, un trastorno, salmodiando una cantilena sin significado, diente de dragón, uña de gato, diente de león; las denominaciones que yo conozco de una planta que echa raíces en la arena, y pierdo el rumbo de lo que estoy diciendo; entonces pronuncio la palabra hijo.
Quién lo diría. En medio de mi sorpresa, atino a decir que no sé si podré ahora continuar.
Me quedo en silencio.
Según mi padre, su propio padre aseveraba que el campaneo atravesaba los bosques y las aldeas. En Torrón, lugar de nacimiento de la madre de mi padre, los pobladores repetían igual, y, consecuentemente ella repetía igual, y que el puzo do lago no tenía fondo, exclamaban todos; los hijos argentinos también. Entonces tardo, me retraso.
En silencio y escuchando, pienso en la palabra hijo. Otra vez el repicar de la cantilena, diente de pico, el nombre de un huesillo que cae poco después de que las aves recién nacidas rompen el cascarón. Me eternizo en la mutación de una palabra en otra. Oigo caer primero una uña, luego tres dientes, más adelante un polluelo, y por último, dos felinos y un dragón. Un alarmante erizo con alas, y que hecha fuego, es lo que acabo de engendrar en mi descenso en esas aguas.
Puedo, desde luego, negarlo. Pero es, por llamarlo así, un engendro necesario.
De vuelta a la superficie, respiro profundo: me casé a la edad de mi padre cuando yo nací; llevo siete años de matrimonio con Vanna, igual cantidad de años que mi padre llevaba con mi madre a la fecha de mi nacimiento. Esta zambullida a la boca del tiempo, me hace siete años más viejo que mi padre. Porque no tengo hijos.

A partir del año de casados y hasta hace más o menos dos años, Vanna solía reiterar una expresión de deseo de mi madre; que, Vanna y yo, no demorásemos en tener un bebé para poder ella, mi madre, alzarlo. Mi madre le habría dicho, si dejan pasar mucho tiempo, por mi edad, no voy a poder acunarlo en brazos. Vanna opinaba que mi madre sería de ese tipo de abuelas que no plantean mayores trabas si tienen que ocuparse de la crianza de sus nietos. Y, antes del primer aniversario de casados, me comentó que su madre y mi madre habían arribado a la precoz conclusión de que nuestro plan inmediato era tener hijos. Las frases contenían prolongaciones que no necesitaban de enunciado para que yo las percibiera. De manera indirecta, Vanna comenzaba a hablar de su propia expectativa de ser madre. Pero, la prolongación más obvia era la apremiante necesidad de mi madre por agenciarse un bebé. A ver si pronto me das un nieto, me dijo sin pocos cuidados, y, al chocar la copa con Vanna, añadió, vos tenelo, nena, que yo después te lo crío. En la mesa del restaurante estaba también mi padre, que cumplía setenta y dos años; con su copa demorada, le chantó a mi madre que me dejara en paz, que no repitiera conmigo lo mismo que con él, a quien mi madre le habría insistido, desde el mismísimo vamos, en concebir un hijo. Empezó a apoderarse de mí una insoportable sensación de desamparo, parecida a la que experimentaba en la ruta dos. Las palabras de mi padre me tomaron desprevenido, emergieron iguales a dientes de león que hubiesen brotado repentinamente de la superficie de la mesa. En el instante de su invectiva no pude darme cuenta de que eran incestuosas; y ni siquiera más tarde, en mi casa. Los había escuchado discutir sin resolver un pasado en común, que nada tenía que ver con el brindis de cumpleaños y no me bastaba anteponer mi reciente descubrimiento a antiguos decires en boca de los dos; al momento de orillar la piedra de mi propio origen sentía rabia y vergüenza porque, desde que me acordaba, había vivido con la idea de que había sido el hijo que se hizo esperar. Viví con la idea de que ambos, mi padre y mi madre, habían deseado siempre engendrarme, y convencido de que ninguno de los dos me habría negado nunca. No obstante, era habitual que, en presencia mía, y máxime durante las vacaciones, en diálogos entablados con personas frecuentadas en la playa, mis padres fuesen preguntados, si después de mí no habían querido tener más hijos. Mi padre respondía que sí; y yo, equivocado, deducía que mi padre había soñado, desde siempre, con tener hijos, mientras que, y al margen de esa equivocación, prestaba oídos al pero que mi padre añadía, el parto aconteció no sin riesgos para la vida de mi madre; el desde siempre que yo había intercalado le otorgaba un sesgo afectuoso a las voces porque de esa manera no quedaba excluido, es decir, yo mismo me erigía, mentalmente, en piedra angular del diálogo, un rol que, deliberado o no, aún subsiste, y en eso me parezco a mi madre. Así, ajustaba mi oído al drama de mi nacimiento, me imaginaba a mí mismo como un actor principal en tanto que mi padre completaba la reseña en la playa; nada de ese arte alcanzó para prevenirme de la resolución que escuché, mi padre hubo de tomar, minutos antes del parto, cuando, puesto por el obstetra a tener que elegir entre la vida de la mujer o la del hijo, escogió preservar la de su esposa. Me era forzoso pensar, después del malogrado brindis, que yo habría tenido mis buenas razones en la niñez para creer que había existido desde siempre. Pese a examinar las alturas, las capas inferiores, a derecha y a izquierda de las fotografías de mi prehistoria, y no haberme hallado, habría extraños reconocimientos por todas partes, muchas veces mis intuiciones se apoyarían en el más tenue de los secretos, en no saber, o en saber como quien desea olvidar aquel minuto en que me habría posado en el umbral de una de esas puertas eternas. Habría visto lo invisible, y con la enorme dificultad para tejer suposiciones en torno al asunto esa madrugada, siento ahora que no parecía haber límites para mi engañosa ilusión; el niño, que yo era, transportaría hasta ser adulto el se hizo esperar, de una a otra playa, falsificando su sentido para evitar que muriese. Mientras me quitaba la túnica de esas imprevistas invenciones, mi vida era más que el encargo del bebé dirigido hacia mí, con el cual mi madre trastocó el rito de chocar copas y beber a la salud de mi padre; yo mismo era más que las fuerzas que mi padre convocó e hizo aparecer con su increpación a mi madre, fuerzas de las que solamente él podría ser súbdito, quién era, busqué en los recuerdos un cabo por donde empezar a reconocerme, lo sostuve con el imprevisto desde siempre, tal vez, de la mano del hombre de ojos conmovidos ante los circunstanciales veraneantes, apenas sabe qué es lo que hace que se llenen sus ojos de lágrimas, ante mí está libre de culpa, tanto por haber no deseado engendrar una descendencia durante siete años, como por haber no sido la descendencia un valor más alto que la vida de la mujer que la podría formar; sin embargo, tengo ahora mis buenos motivos para negar fe a las verdades de mi padre, desde el minuto en que mi padre imaginó, mi madre me pedía un hijo, lo mismo que a él. Con la sensación de la soledad admitida de pronto, me aburro de la cantilena del hijo y el destino, y de todo su falansterio; sin símbolos, y ahora es necesario aceptar que las palabras están situadas al final del porque no tengo hijos, termino por creer que donde hay hombre y mujer no necesariamente debe haber un hijo.

Fragmento

Lecturas
Metamorfosis del género íntimo, por Norberto Butler
Sondeos en el caos, por Víctor Sampayo
The gaki who came to dinner, por Gerónimo Unibaso
Pensando en lo verdadero, por Silvia López

Montaje de la tapa
El propio infierno

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