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Metamorfosis del género íntimo

EL PRIMER PÁRRAFO de Investigaciones en masa presenta un banquete. El narrador dice que mira un banquete a través de la pared, pero enseguida dice que puede ser que no, que posiblemente el punto de observación se sitúe por encima de la pared. Esta mirada sugiere un escenario en algo así como una caja de zapatos, pero sin tapa.
A continuación, se levanta otra escena: la familia del que narra. Si En busca del tiempo perdido es la novela arquetípica del recuerdo, y el Ulises de James Joyce otro tanto, Gustavo López Ibarra revisita aquí el relato autobiográfico, dándole textura a personajes que no soportan conciliaciones.
El primer personaje es la mami o la abuela transgresora. Ella no tiene que justificarse en la vida; en cambio, su hija pontifica permanentemente. Y el marido de esta hija también. De ahí en más, la serie de personajes es larga. Abarca a los tíos y a los primos, y con el correr de las páginas el narrador saldará cuentas con esas vidas.
Vanna es la esposa del protagonista. La situación que la muestra de lleno es la cama, y tras la tranquilidad aparente con la que los hechos allí ocurren, tranquilidad que lleva a pensar en la expresión «carne vana» para hablar de cierta superficialidad, que finalmente no resulta tal, Vanna se constituye en la lectora primordial del relato autobiográfico. Pero es en la cama donde se produce el áspero entrecruzamiento con el exterior de aquel relato, y será en un museo donde se estará jugando el destino de ambos.
De repente, los vericuetos de la novela conducen hacia un bebé, que más adelante se advertirá que no será el único. Sin embargo, la inquietud que despierta ese recién nacido produce un eco en la historia familiar, aunque el bebé pertenece a otra historia o serie, aquella que se ha iniciado con el banquete. En esta narración, distinta de la historia familiar, irrumpen unas fierecillas. Las fierecillas aparecen como en un sueño. Hundiendo el puño en orejas humanas para extraerles la cera. Tal vez, dicha acción resulte ser el fundamento que cabe entrever de las entradas de las fierecillas, cuyo dulce nombre común es gaki, pero las cuales, en clave mágica o sobrenatural, minan las reglas del relato autobiográfico para obtener del célebre género lo que de otro modo no se conseguiría. Solamente existen dos momentos de unión entre la serie de los gakis y la historia familiar: aproximadamente a la mitad y al final de la novela. Ambos se corresponden con visitas al museo de la policía.
Las investigaciones del narrador trasudan abominación de lo familiar. Descubren, o reinventan, con sutil violencia el presente. Si bien, dicha violencia podría dialogar con otra violencia de culto, como aquella que impera en la obra de Osvaldo Lamborghini o acaso también en El festín Desnudo, de William Burroughs, aquí se trata más precisamente de un desplazamiento que podría llamarse ficcional, o, en otras palabras, la narración funda una clase de violencia psicológica o mental. A modo de ejemplo, correspondería mencionar la escritura con el dedo del protagonista-niño sobre la espalda del padre y también la amarga pelea entre los padres que el mismo niño debe obligadamente tener que soportar en el auto que va al lugar de vacaciones. Resultan dos ámbitos de sufrimiento colosal.
Quizás haya también violencia en los finds interiores al texto (búsquedas a través de palabras claves: invisible, laúd, cuchillo), los cuales llevan a lugares distintos de los esperados. Y en la contemplación de diversos muñecos, tales como: los de bienvenida al niño cuando se produce el regreso al hogar tras una internación hospitalaria; los inconfesables de Isabel Perón; los de la casa de vacaciones (que incluyen a un Cristo); los del sector de homicidios del museo. Tampoco se olvidan con facilidad algunas expresiones poderosísimas, del tipo: carne, mierda, madera.
Finalmente, podría quedar una pregunta por resolver: ¿Es Vanna la destinataria exclusiva del relato? En primera instancia podría decirse que sí. Pero el narrador, que subrepticiamente escribe acerca de sí mismo, podría ser el destinatario último. Aunque en este sentido: la novela tendría existencia como un libro electrónico más. ¿Vanna, echada en la cama, acaso no lee un pasaje en la pantalla de su propio iphone? Ella lee y corrige la novela. Un relato que viaja como un sms. Pero, cuando se inscribe la última escena de la serie de los gakis, Vanna toma fotografías con su iphone en un pasillo del museo, posiblemente para indagar a posteriori esas imagenes, a la manera en que el narrador hubo de transportar unas cartas antiguas (para ser indagadas, pero también para ser guardadas) en su propio iphone. De este modo, el narrador sería el destinatario de su autobiografía, así como puede serlo cualquiera de nosotros de los propios álbumes de fotos o de la música favorita.

Por Norberto Butler
website: El Ruso

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