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Baskonia

2013/10/06

campana

Las cosas se duplican en Tlön

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Taller de narrativa en el teatro Stella Maris

2013/06/23
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Los miércoles por la noche, en San Isidro, funciona un taller de narrativa. Me dirigí al coordinador para que me concediera una entrevista con el fin de aprobar el parcial de la última materia de mi Licenciatura en Educación, en la Universidad de Quilmes. Por VERÓNICA BENTANCUR, para ESTRATEGIAS DE ENSEÑANZA Y DISEÑO DE UNIDADES DE APRENDIZAJE.

Gustavo

¿CÓMO CONCEBÍS EL espacio de escritura que coordinás?
Lo concibo a partir de la práctica de escritura y de la corrección de textos, con la idea de dar o encontrar, o de descubrir, procedimientos para la creación de cuentos y novelas. Dicha práctica es grupal. El grupo lee y comenta la producción individual.

Comienzo con palabras de Gustavo sobre el espacio de enseñanza que coordina. Habla sobre un taller, es decir, un dispositivo organizado para enseñar a escribir, escribiendo.
Es interesante examinar cómo Gustavo estructura este dispositivo y con qué mirada sobre la escritura lo llena. Supongo que está pensando en promover una idea de escritura conectada a la reescritura. Esto significa, romper con la idea de que se podría escribir bien desde el inicio, con precisión, y expresando el sentido buscado, porque las lecturas críticas, que son parte del dispositivo de este taller, introducen una concepción de proceso, una necesidad de reescribir. Cada palabra, cada frase, cada párrafo puede ser reinterrogado, reorganizado de forma más o menos decisiva.

Dice Gustavo: […] Pongo el foco en la lectura en voz alta, la sintaxis del relato se encuentra, o se corrige, gracias a la lectura en voz alta. Me interesa el cómo antes que el qué. Dos ejes organizan mi trabajo, leer en voz alta y enfocarnos más en el cómo que en el qué.

Aquí aparece claramente, un elemento del dispositivo: cómo oyen los demás lo que yo escribo.
Hay una afirmación: me interesa el cómo. Tal vez, esta afirmación porte una reflexión acerca de la tarea de escribir. ¿Escribir sería trabajar las formas del mensaje que configurarían el contenido o los significados? En todo caso, la afirmación señala que Gustavo posee un saber específico, propio del que escribe. Un saber que quiere transmitir en los encuentros del taller.
Pero avancemos más en la entrevista.

¿Qué se lleva una persona que asiste regularmente al taller?
La mayor parte de las veces se lleva una experiencia nueva, que consiste en compartir con otras personas, como él o ella, sus textos. También una noción de responsabilidad ante el texto ajeno, cuya lectura crítica a través de comentarios exige una práctica que es bastante depurada.

Aquí hago una pausa. Quisiera aventurar una hipótesis acerca de lo que Gustavo se trae entre manos cuando trabaja con sus alumnos.
Mi hipótesis sería la siguiente: el contenido (escritura) se desarrolla con procedimientos particulares, que son intrínsecos a su naturaleza práctica. Los talleres presentan la escritura de modo que el alumno trabaje en la comprensión de su propio proceso. Lo ayudan los comentarios de los demás y las intervenciones del docente. La voz de los otros devuelve una forma de indagación: problemas de la propia escritura que pueden explorarse, valoraciones que encierran normas de juicio públicamente sustentadas, categorías del relato que se ponen en conexión con el texto individual, la voz del narrador, rasgos de un género, etcétera.
Vuelvo a la entrevista con la intención de despejar una duda.

El escritor como tal, ¿surge de lo que cada persona desea, elige, elabora?
No… La verdad, no sé. Es una pregunta como la del eslabón perdido. El taller se conforma, como decía, con todos aquellos que quieren escribir, con o sin experiencia previa, con el objeto de encontrar su propio tono y descubrir el placer de hacerlo. Otra cosa no…
La meta es escribir, es quiero escribir, con mucha o poca experiencia, y en esta instancia necesito compartir.

La pregunta por el origen del escritor… Quería saber si para Gustavo la situación de enseñanza ponía en juego algo referido a la subjetividad, al deseo. Si la escritura nace de lo que cada persona es.
La respuesta me hizo pensar, porque en un taller se parte de lo que cada uno elige escribir y compartir con los demás, se parte de lo que cada uno lleva: no importa si hay experiencia previa en la escritura. No hay un punto de partida en el que las características personales podrían jugar como limitaciones o facilitadoras de la práctica. La meta es escribir pero también encontrar un tono propio. Y el placer personal.
¿Entonces? ¿Habrá una zona del trabajo de Gustavo, que me resuena como el enfoque del terapeuta? Tal vez sea la naturaleza del proceso de escritura lo que me lleva a pensar en los textos producidos en el taller como expresiones de una búsqueda personal en la que se embarca cada alumno.
Pero hay otra zona de trabajo que pesa más. Me inclino a pensar en el dispositivo del taller en términos de apropiación de una práctica, antes que en términos de lograr autorrealización o autenticidad a través de la escritura.
La entrevista continúa en estos términos:

¿Qué lugar tienen las técnicas de escritura en este taller?
Para mí en literatura vale todo. Pero… ah… tengo, por acá, algo que me sirve en el taller. Juan José Saer aclara dos cosas. Una, cito: «A la opinión, vulgarizada en la actualidad, de que la novela es lenguaje, el narrador ha de oponer, me parece, una búsqueda de lo concreto.» Y dos: «Cuando el narrador oiga decir a su alrededor que la narración es un juego, ha de exigir la precisión necesaria para que, libremente, su interlocutor describa de qué juego se trata y se describa a sí mismo describiéndolo.»
Lo concreto, en el caso del taller, sería formar la oreja del que escribe de forma tal que pueda escuchar su propio texto sin ayuda de terceros. En cuanto al juego, sería un rompecabezas, o mejor, un antirompecabezas, es decir, la unión imposible de muchas fichas que se perdieron de los rompecabezas originales. En estas fichas o en este juego se insertarían las lecturas y la bibliografía de cada una de las personas.
Cada uno encuentra fichas perdidas y con ellas busca armar un rompecabezas que es imposible.

Ahora, emerge completa la propuesta docente:
La escritura es una práctica social que requiere reescribir.
Hay que tomar el texto como punto de partida hacia otro texto, siempre mejor que el anterior. Distanciarse en relación con la propia producción lingüística, considerar el propio texto como si se tratara del texto de otro. Hay que jugar con la forma de la escritura personal, enfocarse en cómo escribimos para transformar el funcionamiento espontáneo de la producción lingüística.
Aparece una metáfora para describir el componente literario de la escritura: un rompecabezas imposible. Hay fichas perdidas que cada uno encuentra y que podrían pensarse como páginas de la literatura universal que cada escritor recorta y que trata de utilizar para crear su propia voz.
Gustavo, como coordinador del taller, es quién sostiene la propuesta y trama los hilos para darle forma a la enseñanza. Él encarna la experiencia de escritura y la guía con sus intervenciones.
Para finalizar, me gustaría transcribir unas palabras que encuentro congruentes con el trabajo desarrollado en este taller de narrativa. Pertenecen a Enfoques sobre la enseñanza, de Fenstermacher y Soltis:

«Cómo filtramos, procesamos y estructuramos el ingreso de información sobre el mundo es un asunto crítico para el [docente] liberador. En esta perspectiva, se considera que las formas de conocimiento […] están entre los medios más elaborados para dar una estructura a la experiencia: para darle a la experiencia una significación profunda y útil, y para capacitarnos en el control y la mediación de nuestra experiencia. Estas formas de conocimiento no están compuestas simplemente de datos, cifras y fórmulas; son ideas clave o centrales, estructuras lógicas distintivas, métodos de indagación, y normas de juicios públicamente sustentadas. Si aprendemos estas últimas características de las formas, […] realmente hacemos del conocimiento la base para liberar la mente de límites, engaños y convencionalismos de la experiencia corriente no estructurada.»

Taller de narrativa

Taller de narrativa
Miércoles de 19 a 21 hs.

Cazador

2013/01/08
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Ojos

Las cosas se duplican en Tlön

Noche

2012/11/15
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121110 Museo Ferroviario

Las cosas se duplican en Tlön

Las cosas se duplican en Tlön

2012/06/19
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Para leer la primera parte

IRINA LLEGÓ A las seis y media de la tarde y yo no había ensayado la sonrisa de la foto con mis trenes. Era martes de carnaval —la temperatura había disminuido considerablemente respecto de los 40º C del sábado; así que, iba a ponerme el pulóver oscuro encima de la remera blanca. Me sentía feliz, como si obrara un encantamiento. Pero la sonrisa.
—A ver —me pidió.
Irina me dijo que era más grande. Hice otra prueba y salió un poco mejor, aunque tenía que abrir más la boca. Y me tomó de los cachetes. Los dientes, solamente los de abajo se tienen que ver, me pedía. Y los ojos, más pícaros, me decía Irina.
—Abrílos más.
Recordé el travelling final de El resplandor, cuando el protagonista (Jack Nicholson) de frac sonríe entre toda la gente en una fotografía tomada en 1921 en el salón de baile del hotel. Fui hasta el baño: Heeeere’s Johnny!, me dije frente al espejo del botiquín.
Volví lentamente soñando a cada paso con la esencia tan intangible y tan mágica de aquella sonrisa con mis trenes, una sonrisa tan opuesta y tan diferente, eso me parecía, a las horrendas sonrisas de El resplandor.
Senté mi anhelo de perfección en la silla verde y por un rato olvidé todas las sonrisas.
—A la mañana, armé los trenes con dos vagones de menos.

—¿Jugás desde chico?
—Los trenes permanecieron siempre en una valija. Mi padre ponía los trenes a andar y el chico que era yo miraba.
Creo que recién en ese momento, tomé conciencia de la disparidad que existe entre los sueños y la realidad. Tal vez, hasta comencé a distinguir una parte de la esencia de la antigua foto.
Me puse de pie y le pregunté a Irina por su perrita.
—¿Y Chini?
—Ah, ella está en Londres. Allá hay muchos fanáticos de los trenes. Aparte de los coleccionistas de miniaturas, están los aficionados a los trenes de verdad. Forman clubes; por ejemplo, hay fanáticos que se apostan en lugares fijos del trayecto del ferrocarril para cronometrar la frecuencia del paso de los trenes. De ahí viene el nombre de Trainspotting, una de mis películas preferidas.


—No soy un trainspotter al pie de la letra, pero me acuerdo perfectamente de esos vagones que faltan. Encontré los manuales originales guardados en la valija junto a otro vagón que no está en la foto. Es curioso, pero el nuevo vagón resulta ser tan largo como los otros dos acoplados. Me vino a la mente la duplicación de objetos perdidos. Borges llama hrönir a esos objetos secundarios y dice que son «un poco más largos».
—Vos también estás más largo. Vas a tener que arrodillarte detrás de la mesa cuando hagamos la foto y usar un almohadón para estar cómodo. Pero antes te quiero decir lo que yo pienso de aquella sonrisa. Me parece que tiene algo de artificial, como si dijéramos: a ver ahora, Gustavo, sonreí para la cámara.

Permanecí inmóvil con los ojos abiertos, y cada vez más abiertos, y el calor que a decir verdad empezó a apretar bajo el relampagueo de los flashes.

Gustavo   1968 & 2012   Buenos Aires

BACK TO THE FUTURE 2

BACK TO THE FUTURE 1

Sólo cosas para Chini

Las cosas se duplican en Tlön

2012/06/15
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IRINA ESTABA EN la India a fines del año pasado, cuando se me ocurrió mandarle mi foto con los trenes. Hacía tres meses que había muerto Georgina, mi madre. El mueble del fondo y la mesa estaban en el departamento. Muchos de los adornitos, también.

Los preparativos empezaron por el pulóver. Irina me dijo que era de color azul marino y con cuello desbocado. No tengo ninguno parecido. Sin embargo, me pareció que entre los pulóveres de mi suegro, Nino, podría encontrar alguno que sirviera para mi back to the future. Me fijé en la trama y me decidí finalmente por uno. Se me ocurrió probármelo al revés, de forma que el cuello quedara abierto.
Seguí con el teléfono. Tuve que localizarlo entre los objetos que guardo en mi pieza de la terraza. Lo había usado hasta principios de los noventa; mis amigos de aquellos años decían que mi voz sonaba antigua a causa de los ecos magnéticos.

Ya en Buenos Aires, los canales para comunicarnos se cruzaron en forma diaria a través de e-mails, mensajitos por sms y llamadas.
Faltaba la silla que se ve parcialmente a la izquierda de la foto original. Irina encontró una en venta en Mataderos, y yo otro par en San Telmo. Mientras tanto, Rosana y Guillermo, mis vecinos, me recomendaron que buscara en el Mercado de Pulgas. Fui dos veces hasta Palermo; la primera, a última hora de un día hábil y bajo una lluvia torrencial; la segunda, con 40 º C de temperatura ese mismo fin de semana, el sábado.
Me decidí por la verde en el Mercado, aunque el color de la original era rojo. Los puesteros apreciaban aquel tapizado y se lamentaban de no tener una silla igual a ésa. Como pasa con todo lo retro o vintage, la silla americana está nuevamente de moda.

El mueble de fondo tiene una cama empotrada. Había sido encargado a un carpintero para un monoambiente en San Telmo, donde mis padres y yo vivimos hasta 1970. Allí se hizo la foto. En aquel año, nos mudamos a un departamento más grande, en el centro. El mueble-cama vino con nosotros y mis padres lo armaron en el comedor para usar la cama ocasionalmente, cuando alguna visita se quedara a dormir.
Hice un zoom con el aparador lleno de adornitos para distinguir algunos objetos.

Sería difícil explicar cómo fui despejando cada enigma.
Tardé una noche para ver el manojo de «llaves» —inicialmente veía sólo brillos y partes que sobresalían del «ovni»—. Así fue que empecé a pensar en objetos que podrían estar ahí por casualidad. Por ejemplo, el que aparece detrás de las llaves. Considerando que en el monoambiente no sobraba lugar donde apoyar cosas, supuse que podría tratarse de una de las cajas de los trenes.

Del par de «zapatos rotos» hallé el sano. Al elefantito de vidrio le falta la trompa, el gato negro que juega con el ratón blanco se había quebrado y encontré algunos cachitos, al ratón blanco se le había roto la cola, etcétera.

El 21 de febrero por la mañana armé los trenes —parece mentira que hayan estado guardados todos estos años en una valija de cuero—. La falta de dos vagones me llevó a pensar en el cuento de Borges que narra cómo los universos de ficción actúan sobre la realidad.

Para leer la segunda parte

Cuarto grado

2012/04/23

Platillos voladores

Últimos días

Aula cordial, 19 edic. Editorial Troquel | Oct. 1969
Texto ELENA M. DE MARTÍNEZ ABAL – Ilustración JULIO CÉSAR COTIGNOLA